La madre deja la casa por última vez. Los hijos comparten mesa en silencio. Como el fuego, bañando en llamas la mañana blanca, el peor de los males fue imponerse y hacerlos callar. Aquellos 50 kilos de cicatrices y silencio llegaron una tarde al fondo del pasillo. Se hace difícil creer que con los años hasta las miradas se acaban secando. Y al final, como pobre conclusión, como epílogo total, ella salió por la puerta robando el aire que les quedaba por respirar. Por dos días compartieron mantel otra vez. Por dos días y sólo dos días. Cortaron el silencio, lo repartieron ente ellos como pan acabado de hornear. Hablaron de lo que era o dejaba de ser Ley de Vida, vieron como una luz divina dejaba la casa por última vez. Y para nunca volver, y para nunca volver.*«Divina Lluz» de Mus
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