diciembre 07, 2008

Divina Lluz

La madre deja la casa por última vez. Los hijos comparten mesa en silencio. Como el fuego, bañando en llamas la mañana blanca, el peor de los males fue imponerse y hacerlos callar. Aquellos 50 kilos de cicatrices y silencio llegaron una tarde al fondo del pasillo. Se hace difícil creer que con los años hasta las miradas se acaban secando. Y al final, como pobre conclusión, como epílogo total, ella salió por la puerta robando el aire que les quedaba por respirar. Por dos días compartieron mantel otra vez. Por dos días y sólo dos días. Cortaron el silencio, lo repartieron ente ellos como pan acabado de hornear. Hablaron de lo que era o dejaba de ser Ley de Vida, vieron como una luz divina dejaba la casa por última vez. Y para nunca volver, y para nunca volver.

*«Divina Lluz» de Mus

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