noviembre 09, 2008

Los abuelos

El abuelo era blanco; conocía dos cuevas y sabía seguir huellas de lobo. La abuela era menuda y tibia como un nido: jugábamos a pájaros con ella. Y, alrededor, los dos llevaban como un contorno de campos y palomas: cruzaban el umbral y parecía que con ellos entraba el verano en la casa; al contarnos los cuentos, en sus voces oíamos molinos y cuervos alejándose y hasta en las mismas ropas nos traían un recuerdo fragante, un recuerdo lluvioso del heno y la retama... Y el abuelo, qué manos de valiente, qué venas, retorcidas como parras; las ganas que me daban de cumplir en un día sesenta y cuatro años para tener dos manos como aquéllas... Luego, la abuela, aquellas zapatillas de nube que llevaba, aquel ir y venir, como volando, de la escoba al misal, de sus gallinas a las sábanas frescas, de la labor de lana a los geranios, del pan a las mejillas de sus nietos... que entonces, suavemente, quedábamos dormidos creyendo que la abuela no se acostaba nunca.

Miguel d´Ors

3 comentarios:

paloma dijo...

Así quisiera que me recordaran los nietos.

Paloma dijo...

Pues vete a comprar unas gallinas y unos geranios... Que las pantuflas de nube ya las tienes.

Mariló dijo...

Paloma Ch. mataste todo con tu comentario!!!!

Besos a las dos