septiembre 26, 2008

El síndrome de Wendy

Se abre la ventana de golpe y entra una ráfaga de viento y escarcha. Ella se levanta para cerrarla cuando escucha ruidos raros. Está asustada, pero tiene curiosidad. Desde el jardín, «Nana» ladra ferozmente hacia su habitación. Se da cuenta que hay alguien escondido detrás de las cortinas, y tira de ellas bruscamente. Es Peter Pan, quien viene a llevarla al País de Nunca Jamás.

«Es que ya no sé si acompañarte, Peter». A pesar de que todas las noches se va a la cama pensando en él, con la esperanza de encontrarlo en sus sueños, en el fondo de su corazón siempre ha dudado que pertenezca a Nunca Jamás. Además ha esperado a Peter por tanto tiempo -para siempre resultó ser demasiado-, que ya no puede creer que con polvo de hadas pueda volar tan lejos.

Está frente a una de las decisiones más importantes de su vida, que no radica en volver con los Niños Perdidos, sino en decidir si está lista para abandonar el bosque de la inocencia, donde se esconden tímidos los sueños que con tanta ternura ha acariciado, o en darse cuenta que el mundo es más complejo de lo que ella creía y que debe afrontarlo con los ojos abiertos. Con los ojos bien abiertos, como los valientes.

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