junio 16, 2007

Una estación vacía


El antiguo reloj de la estación de trenes de Lugo marca paciente e implacable las horas en espera de un tren que renueve la vida de este sitio gobernado por el vacío.

La única melodía que se escucha es la del silencio, que se rompe algunas veces por los pasos de un grupo de amigos octogenarios que, con paraguas en mano a modo de bastón, marcan con ritmos metálicos el paseo de la tarde: varias vueltas de un extremo a otro del viejo andén, mientras recuerdan sus años de mocedad, evocando quizás recuerdos que ni el viento ni los años han podido borrar. El encuentro con un antiguo amor, o la mirada de un hermano que se aleja poco a poco con el vapor de la locomotora en busca de una vida mejor, quizás a México, o a Argentina.

En la cafetería de la estación ya se siente un poco más de vida. La televisión sintoniza un programa de cotilleo y capta completamente la atención de un anciano que pasa sus tardes aquí, acompañado de un vaso de licor café.

El barullo de otra mesa sube de nivel de vez en vez, cuando el tute se decide. Lo juegan tres parroquianos y el camarero mientras no hay algún cliente que lo llame. Después de un rato, el juego acaba. "Hasta mañana, ya te ganaré yo a ti", le dice el camarero a un hombre del grupo enfundado en una chaqueta de cuero negro y una boina de tweed, mientras lleva las tazas al otro lado de la barra.

Un tren de sólo un vagón que viaja a A Coruña le devuelve la vida por cinco minutos a la olvidada estación. Y estar ahí para ver cómo se va, te hace sentir sola. Muy sola.


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