mayo 30, 2007

Escoita, a neve cae arredor

En el autobús que nos llevaba a Piedrafita, de donde tendríamos que caminar cuatro kilómetros para llegar a O Cebreiro, hablaba con una chica que llevaba una cesta con las fresas más rojas y más dulces que comí en mi vida. Entre fresa y fresa me contaba del accidente por el que casi se queda paralítica. Le pregunté porqué no nadaba, pues dicen que es una buena terapia para rehabilitación.

–Aprendí a nadar cuando tenía 19 años y sólo sé nadar hacia atrás. Si trato de ir hacia delante se me van las piernas al fondo y me llevan con ellas. No me gusta.

No pude ser discreta y dejar el tema allí. Se notaba que se avergonzaba por no saber nadar, pero su descripción fue tan gráfica que aunque por desgracia vamos olvidando las sensaciones de experimentar algo por primera vez, recordé una de esas maravillosas mañanas de domingo de la infancia, llenas de luz blanca, casi quemada y nostálgica, en el club de Valle, cuando la abuela nos enseñaba desde la orilla de la alberca a Pelayo y a mi cómo flotar y cómo dar brazadas. Y me volví a hundir con mis recuerdos al fondo de la piscina. Si tuviera que nombrar lo que me pasó en ese instante, la palabra correcta sería una anamnesis.

Aprender a andar en bicicleta, ver por primera vez el mar o tu primer beso son esos momentos irrepetibles y mágicos que por desgracia sólo experimentamos en una ocasión. Lo mismo pasa con aprender a nadar y con sentir por primera vez cómo cae la nieve sobre tu cara. Nunca voy a olvidar esa sensación. A las pocas horas de haber llegado a O Cebreiro, después de varios problemas para conseguir un refugio para pasar la noche, salí a comprar jamón y pan. Cuando tocaba la puerta de la casa de la tendera, sentí como me caía polvo.

Pensé que había pasado un camión de grava que iba esparciendo su estela, así que entrecerré los ojos evitando alguna basura, pero de pronto noté que no paraba de caer el polvo. Temerosa entreabrí los ojos y vi cómo caían puntitos blancos y fríos que se derretían al contacto con mi piel. Son preciosos, y además, caen en cámara lenta. Se llaman copos de nieve. Recuerdo que al fondo sonaba “Listen the snow is falling” de Yoko Ono pero interpretada por Nadadora, un grupo indie me ha robado el corazón. “Escoita, a neve cae arredor”. Pero me pasó algo mágico. Cada vez que la escucho, vuelvo a tener esa misma sensación: puntitos de luz que se derriten en mi cara, y no puedo evitar mirar para arriba y abrir la boca espectante.

1 comentario:

Juan Pablo Matarredona dijo...

Lo mágico es poder 'revivir' la experiencia. Desafortunadamente existimos seres que sí llegamos a olvidar la primera sensación. Dichosa tú que puedes reproducirla una y otra vez. ¡Envidiable!