agosto 04, 2006

De blancos, vacíos y silencios


Hoy se cumplen cinco meses desde que terminamos Hernán y yo. El proceso ha tenido etapas diversas. Por momentos, cuando estoy a punto de despertar -ese instante entre el sueño y la vigila-, siento que todo sigue igual, que nos seguimos perteneciendo. Mi boca, como un elemento independiente del cuerpo, susurra su nombre. Eso me pasa casi a diario, como reflejo involuntario.

Tardo poco en darme cuenta que él ya no está, diario recibo ese golpe de la realidad. A veces quiero volver a dormir, pero no por cansancio, sino para estar con él. Sin embargo lucho, o trato. Vamos paso a paso, librando pequeñas batallas personales.

He tenido temporadas buenas. He reencontrado a mi yo, y he aceptado las cosas como son. Por momentos he recuperado una libertad interior que consideraba inexistente. Muchas otras temporadas entra en juego una rebeldía que va mas allá de mi esencia. He dudado cuál es mi esencia, he dudado de mi propia existencia. Mi mano derecha se tiende hacia el pasado y la izquierda se tiende hacia el futuro, crucifico mi presente.

Sin embargo, nunca ha entrado al juego la duda de mi amor por la pintura; tengo un cuadro favorito para cada época, para cada recuerdo de mi vida. Hay uno acompañado de “La lechera” de Vermeer, hay otro junto al “Guernica” de Picasso; podría revisar mi vida con base en cientos de obras maestras de la historia de la humanidad. Pero llevo casi un año ya con el Blanco sobre blanco; se ha convertido en mi piedra de toque. Es simplemente fascinante.

El blanco, para Malevich, simboliza la nada. Pero la nada abre numerosos caminos a la reflexión, al análisis, nos abre a nosotros mismos. Llegar al blanco y a su seducción, permitir que nos envuelva y nos gobierne por su silencio, por su sensación de vacío es desnudar nuestros sentidos, nuestras emociones, la totalidad de nuestra alma, sobrepasar las barreras del status quo.

Es por eso que esta etapa permito que la decore el suprematismo de Malevich, sin más. Ahí, en el misterio de ese vacío, de esa nada, encontraré mi centro, liberaré mis lastres. Lo dejaré ir. Descansaré al fin. En 1919 afirmaba el pintor: “el negro es el signo de la economía; el rojo, la señal de la revolución, y el blanco, la del puro movimiento”.

2 comentarios:

Mariló dijo...

Palo ¡me encantó!... Espero que hayas notado la diferencia con otras cosas que has escrito; aunque empieza muy triste acaba muy bien, pienso que ahora ves más allá... ¡¡Feliciades!!
Un beso!
Mariló

Demian Frederick dijo...

muy franco tu escrito